Miguel Marina
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Su Obra - la obra de miguel marina

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El estilo “naif” del artista vasco español, Miguel Marina, combina la iconografía  religiosa medieval cristiana, y el expresionismo figurativo con el fin de comunicar la profunda nostalgia que sentía de sus vivencias y años de juventud. Principalmente autodidacta como pintor, Marina no pertenecía a ninguna escuela ni tendencia académica. En todo el sentido de la palabra era independiente, como pensador y creador inventó un estilo propio, reflejo de su vida en el exilio.

En la década de los sesenta comienza a pintar coloridos iconos de figuras de santos y ángeles, que combina con objetos e imágenes de la vida vasca, tales como boinas, porrones, pan, pescado... De esta época son los cuadros frontales unidimensionales “Estaciones del Vía Crucis”, que se desarrollan en las obras oníricas multi-dimensionales de la década de los ochenta: tales como “Este es mi país” y las series “La merienda” e “Icono”.

En la última etapa los cuadros de Marina yuxtaponen de manera surrealista y desproporcionada las imágenes y los colores ganan en complejidad y sutileza para ofrecer una gama más rica que en sus comienzos. Esta fuerte gama de color junto con el caleidoscopio de imágenes amontonadas refleja la intensa y creciente nostalgia del artista. A riesgo de perder sus recuerdos por el olvido de la vejez, Marina pinta un ciclo de imágenes que reafirma su identidad vasca.  En palabras del Profesor Anthony Geist, en sus obras tardías, Marina “nos invita a la comunión secular con la memoria”.

Escribe en su diario: “Cada  vez me acuerdo más de España y al mismo tiempo quiero olvidarme de ella.  He vivido por más de 40 años con un pie en cada océano, pero mi memoria vuelve siempre a las montañas dulces y verdes del País Vasco…. Dentro de poco tendré 74 años y jamás volveré a mi querido País Vasco, por eso mis pinturas, como un espejismo gigante, son memorias de mi querido país.”

La añoranza y la conciencia trágica de no volver a su país, un país cambiado para siempre por su historia y el paso del tiempo, se ve en la esterilidad y aridez de algunos de sus últimos paisajes. Los pueblan muy pocas personas cuya pena la subrayan las líneas oscuras debajo de sus ojos. En estas últimas pinturas, las imágenes de Marina parecen esfumarse en pleno aire.  En los cuadros “Puesta de Sol I y II”, “Fantasmas en el Pueblo Vasco” y “Bigarrena II”, todos pintados hacia el final de su vida, el dolor de la pérdida de su tierra se hace palpable.

Mención especial al hecho de 1966, Marina se sintió herido por la caída accidental de varias bombas de hidrógeno procedentes de aviones estadounidenses cerca de un pueblo de pescadores en la provincia de Almería (España). Creó la serie de Palomares, una colección de cuadros y dibujos llenos de imágenes escatológicas, figuras distorsionadas y cosechas de tomates envenenados por el plutonio radiactivo producido por las explosiones.

Aunque el sufrimiento de la humanidad queda implícito en los cuadros de Marina, ese dolor está habitualmente vencido por santos y ángeles que velan por los pueblos tranquilos.  En la serie Palomares, Marina se aparta brevemente de sus temas centrales de paz nostálgica y de armonía, pero mayoritariamente su obra trasciende sus orígenes históricos y culturales para comunicar un mensaje universal de fraternidad a la gente de todos los tiempos, culturas y religiones.