Miguel Marina
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Biography Miguel Marina

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LA VIDA DE MIGUEL MARINA

Miguel Marina

Juventud hasta el final de Guerra Civil

Miguel Marina nació en Bilbao, España, el diez de febrero de 1915, fue el mayor de los cinco hijos de Cecilio Marina y Constancia Barredo. Marina vivió y estudió en Bilbao hasta el comienzo del la Guerra Civil Española en julio de 1936.  Fue nombrado capitán y luchó al lado de la República hasta su derrota por el General Francisco Franco, momento en que huyó a Francia.

Aventura por el Mar

De Francia, con otros seis refugiados vascos cruzó el mar Atlántico hacia Venezuela, en un pequeño barco de pesca.  El viaje duró cuarenta días.  Este viaje está mencionado en un artículo que se publicó en el Diario Deia en 1982.  Miguel se refiere a esta experiencia en una grabación que le hizo su hija a comienzos de la década de 1980 en la que habla con su mujer y su hija de la Guerra. Vivió un año en Venezuela, durante el cual se ganó la vida jugando de futbolista profesional.

Escucha: El viaje:

Escucha: La Guerra:


Después se trasladó a la República Dominicana, entonces bajo el control del General Rafael Trujillo. Mientras otros refugiados españoles recibían ayuda de varios partidos políticos para emigrar a otros países, Marina carecía de esas aportaciones y se encontraba sin ninguna ayuda para escapar de la dictadura de Trujillo.  Decidió coger un trabajo de fogonero en un barco yugoslavo, que transportaba suministros a Inglaterra, durante la Segunda Guerra Mundial.  Según había planificado antes cuando la nave atracó en el Puerto de Nueva York para abastecerse de combustible, Marina no volvió al barco.

Hombre Joven en Nueva York
Solo en una ciudad enorme, y sin hablar palabra de inglés, Marina encontró la oficina de la Delegación Vasca en la calle E.14th. Se dedicó a la pintura en serio cuando se estableció en Estados Unidos.

En Nueva York, ayudó a José Vela Zanetti en su mural, “La Lucha del Hombre por La Paz” en el edificio de las Naciones Unidas.  Los años que pasó en la ciudad, aunque repletos de verdaderas penurias también fueron de mucha felicidad.  En Nueva York encontró su verdadero oficio, el de pintor, y allí conoció y se casó con su mujer americana, Madeline (Magdalena).  Allí vio nacer a su hija, Constance (Kuki).  En Nueva York, Marina gozó de la compañía de otros refugiados españoles, además de la de Vela Zanetti.  Conocía a Jesús de Galíndez (representante del gobierno vasco en el exilio), Ovidio Gondi (enlace de Israel con Latino America), Juan Oñativia (músico), Bernardo Clariana (poeta), Luis Quintanilla (pintor) y Manuel Manrique (psiquiatra).

Los viernes por la noche, estos refugiados españoles y otros, se reunían en el apartamento de Clariana en el Village para cantar, hablar, reír, y contarse sus recuerdos de España y sus experiencias durante la Guerra.  

De País en País

En 1955, Marina y su pequeña familia dejan Nueva York dirigiéndose a Ecuador donde Miguel iba a trabajar de gerente de una plantación de plátanos para su amigo Bernardo Clariana. Sin embargo, muy poco después de llegar a Guayaquil, Marina se dio cuenta que Bernardo, que pensaba haber invertido en la plantación, en realidad era la víctima de un fraude.  Marina y su mujer querían volver a los Estados Unidos.  Para Magdalena y Kuki, ciudadanas americanas, era fácil pero para Miguel, sin papeles, no había manera de entrar legalmente.  Magdalena y Kuki viajaron en avión a Nueva York y Magdalena volvió a trabajar para el American Jewish Committee (AJC), Comité de judíos americanos.  Miguel cogió el avión a Guatemala y, con la ayuda de un guía indígena que nadó delante de él con la ropa de Marina en la cabeza, cruzó un río a Tapachula, Mexico. De allí, Marina cogió un avión a Tijuana con planes de cruzar la frontera a los Estados Unidos.  Sin embargo, cuando bajó del avión, Marina fue arrestado por entrar sin papeles y lo llevaron a la Cárcel Pública.  Pasó unas semanas en la cárcel, antes de que saliera, con la ayuda del hermano de su cuñado (esposo de su hermana Sofía), Fortunato López, residente en la capital. En México, Marina decidió que lo mejor para él y su familia sería que vivieran juntos en España y de allí tratar de conseguir papeles para entrar legalmente a Estados Unidos.  

Un año en Bilbao

Marina compró el pasaje en un barco mercante, con escala en Florida, en ruta a Santander.  A Magdalena le dijo que ella y Kuki le buscaran en el barco donde él les esperaría con sus pasajes.  Después de mucha confusión y en medio de un motín de pasajeros jamaicanos destinados a Inglaterra que querían bajar en Florida, los Marinas se reunieron y emprendieron el viaje al puerto español.  En Santander, después de una separación de diecisiete años, a Miguel lo esperaban su madre y sus dos hermanas, Catalina (Cati) y Sofía (Sofi) para abrazarle y ver a Magdalena y Kuki por primera vez.  

Los Marina pasaron un año en Bilbao con Sofi y su marido Ángel, quien se encargaba de una gran zapatería.  Magdalena dio clases de inglés en la Casa Americana, dirigida por el Consulado Americano y Miguel trabajó para Ángel vendiendo zapatos al por mayor.  Aunque contentos de estar juntos con la familia de Miguel, los Marina se sentían incómodos en la España de la dictadura franquista.  Además, la policía fue a la casa en varias ocasiones para averiguar sobre las actividades de Marina.  

La Lucha por la Residencia Legal

Sin embargo, los esfuerzos por conseguir documentos del Consulado Americano no tuvieron éxito.  Y eso a pesar de presentar cartas de amigos, Ed Finkelstein (para entonces el Presidente de Macy’s Nueva York, y más tarde, Presidente de la Junta Directiva de Macy’s) y Marvin Elkoff (escritor anti-comunista) entre otros, quienes dieron fe del buen carácter de Miguel y del hecho que nunca había pertenecido al partido comunista.  Finalmente, Magdalena decidió volver a Nueva York con Kuki para trabajar desde dentro del país a fin de conseguirle permiso legal  para reunirse con ellas.  Estuvieron separados un año durante el cual Magdalena volvió a su trabajo en AJC y se puso en contacto con Nancy MacDonald de Spanish Refugee Aid (Ayuda para los Refugiados Españoles).A través de Nancy, Magdalena contrató a una abogada, Edith Lowenstein, que contactó al congresista de Brooklyn, Emanuel Celler.  Éste mandó una carta al Departamento de Estado (State Department) lamentando el hecho de que una madre americana y su hija estuvieran separadas de un marido y padre español.  A Marina por fin se le dio el permiso legal para vivir en Estados Unidos.  

Nueva York otra vez

Marina llegó al Puerto de Nueva York en un transatlántico en 1957 y la familia se reunió de nuevo.  Consiguió trabajo a tiempo completo como mezclador de colores para una compañía de serigrafía que hacía diseños para Yardley, entre otras marcas.  En sus horas libres, pintaba en casa.  Magdalena trabajó de secretaria para The Fund for the Republic, un gabinete estratégico sin fines de lucro dirigido por Robert M. Hutchins, quien antes fue Presidente de la Universidad de Chicago.  En 1959, el Fund decidió mover sus oficinas a Santa Bárbara, California, y ofreció trasladar allá a Magdalena y su familia. Los Marina llegaron a Santa Bárbara en el Super Chief.  La finca de cuarenta acres que pertenecía al Fund (ahora The Center for the Study of Democratic Institutions/Centro para el estudio de las Instituciones Democráticas) estaba en Montecito, la zona más elegante de la ciudad. Allí los Marina alquilaron la casita en la que antes vivía el jardinero y así comenzó un período feliz de diez años de productividad y estabilidad financiera en su vida.

En Casa en Santa Bárbara, California

Marina convirtió un viejo establo, cerca de la casa, en estudio de artista y empezó una rutina diaria de pintar largas horas.  Consiguió una agente, Esther Bear, que tenía una galería respetada en Montecito y comenzó a tener exposiciones anuales de sus cuadros.  A través del trabajo de Magdalena en el Center, ahora como gerente de la oficina, y a través de las exposiciones de Miguel, los Marina hicieron una colección de amigos nuevos.  Su casa se convirtió en el lugar favorito para las visitas de los intelectuales del Center después del trabajo y en los fines de semana.  Wilbur H. Ferry (Ping), el vicepresidente del Center, y su familia se hicieron amigos de los Marina de toda la vida y se dedicaron a la promoción de su obra.  Hallock Hoffman, el tesorero-secretario del Center, Paul Cogley, el editor de Commonweal Magazine, Donald MacDonald, el editor de The Center Magazine, Scott Buchanan (filósofo), y Rexford Tugwell (miembro del Brain Trust de Franklin Deleanor Roosevelt y antiguo gobernador de Puerto Rico), todos eran buenos amigos de los Marina y a menudo invitados a cenar en casa.  Además de los amigos que tenían del Center, los Marina también hicieron otros amigos que los visitaban con frecuencia: Garrett Hardin, famoso profesor de biología en UCSB (la Universidad de California en Santa Bárbara), George Dangerfield, ilustre historiador también profesor en UCSB, Betty and Stanley Sheinbaum (Betty era la hija de Harry Warner de los hermanos Warner (Warner Bros) y Stanley trabajaba para el Center, Kurt Lowenstein, hombre de negocios jubilado, Emil y Wally Geist, José y Evita Barcia, profesor de español en UCLA (la Universidad de California en Los Ángeles), John Forsyth, profesor de español en el Santa Bárbara City College, Leonora Cook, escultora, Polly Hamilton, voluntaria en una rama local del partido demócrata, y Victor Fuentes, profesor de español en UCSB.

En 1969, el Center experimentó grandes cambios.  Robert Hutchins, ya viejo y enfermo, despidió a Ping y a varios otros amigos de los Marina a quienes había prometido empleo permanente. El Center entró en decadencia. Magdalena, decepcionada y preocupada, se quedó un año más pero tanto ella como Miguel sabían que les esperaba otro gran cambio de fortuna.  Aun así, Marina diseñó dos portadas para la revista del Center (Center Magazine), una para el Congreso de Malta cuyo lema era Pacem in Maribus, que salió en junio de 1970, y otra para el número de marzo/abril en 1971, que se trataba de Dios, la religión y el futuro.

En 1970, el Center despidió a Stanley Sheinbaum y él y Betty se mudaron a su casa en Italia. Magdalena dejó el Center ese mismo año y los Sheinbaum les ofrecieron alojamiento gratis en su casa en Santa Barbara con los servicios de limpieza y de jardinería incluidos. La casa era de estilo español, grande y hermosa con tejas rojas en Montecito.  En el verano de 1972, cuando Betty y Stanley volvieron de Italia, Miguel y Magdalena decidieron mudarse a España para siempre.

La Mudanza a España

Después de investigar la posibilidad de comprar una casa en el sur de España, los Marina finalmente se establecieron en Madrid.  Compraron un piso en la calle Fuencarral y Magdalena encontró trabajo enseñando inglés en el Instituto Internacional.  También trabajó de voluntaria enseñando inglés en el barrio obrero de Carabanchel.  Magdalena se estaba amoldando bien y se habría quedado en España, pero Miguel estaba incómodo y no se adaptaba al cambio.  Tuvo una exposición en la Galería Antonio Machado, que se mencionó brevemente en informaciones el 8 de marzo de 1973, pero que no dejó huella en el mundo del arte.

La Vuelta a Estados Unidos

Miguel y Magdalena vendieron el piso y volvieron a los Estados Unidos en junio de 1973.  Después de pasar por Santa Cruz para la ceremonia de la licenciatura de Kuki en la Universidad de California, la pareja regresó a Santa Bárbara.  Se quedaron unas semanas en la casa de Jo Ferry (la primera esposa de Ping) y luego alquilaron un apartamento hasta comprar la casa en 417 Shasta Lane.  Aunque pequeña, la casa estaba en un barrio bueno, cerca del Jardín de Rosales y de la Misión de Santa Bárbara, que fue fundada por los franciscanos españoles en 1786.  Con la ayuda de un amigo, Marina construyó un estudio en el patio y una nueva sala con un balcón grande que amplió la casa.  Aunque vivían de un presupuesto muy limitado, la pareja logró cambiar una casita de dos dormitorios en un hogar encantador.  Magdalena compró puertas de cristal estilo francés en una chatarrería y Miguel las instaló en la sala para que dieran al balcón. Instaló, en la nueva sala, una alfombra usada de un banco local desechada en la acera.

Marina empezó a pintar de nuevo y Magdalena se puso a buscar trabajo. Encontró trabajos a tiempo parcial, la pareja estaba bastante corta de dinero. Un día durante esos años, Magdalena le dijo a su hija que estaban recogiendo mejillones en una playa cercana para la cena. En ese momento, uno de los trabajos de Magdalena dio lugar a otra amistad de por vida para los Marina. El empresario y hombre de negocios, Glen Serbin, contrató a Magdalena de editora para la revista Photographers’ Forum, que Serbin fundó. Glen se interesó especialmente por los Marina y se convirtió en amigo leal que les visitaba a menudo en la casa de Shasta Lane.  

Ping visitaba Santa Bárbara con regularidad con su segunda esposa, Carol (Bernstein), para ver a Jo y sus hijas. En estos viajes, Ping y Carol siempre pasaban a ver a los Marina, quienes no eran amigos de Jo solamente, sino también de las hijas de Jo y Ping.  En 1975, Ping empezó a mandarle a Miguel un cheque mensual como contribución económica a su pintura. Él y Carol, como filántropos, le habían puesto en una lista de personas y organizaciones a quienes mandaban dinero con regularidad. Marina recibía esas cuotas hasta alrededor de 1984.  

Miguel y Magdalena: La Pareja

En este momento vale la pena examinar cómo es que, tanto Miguel como Magdalena, inspiraban y conservaban esas amistades tan íntimas y duraderas. Formaban una pareja poco común. Ella era judía americana de primera generación, que se crió en la pobreza en Brownsville, Brooklyn.  Perdió a su madre a los seis años.  Como su padre era analfabeto y mujeriego, en gran parte Magdalena tuvo que defenderse por sí misma.  Dejó la escuela a los quince años para trabajar en una fábrica.  Se alistó en el ejército de las mujeres (WAC) e hizo un curso de secretariado pagado por el gobierno como beneficio a los veteranos. Se convirtió en lectora voraz e hizo cursos universitarios en la Nueva Escuela de Investigación Social (New School for Social Research). Tenía veinticinco años cuando conoció a Miguel en Provincetown y todavía ignoraba cómo cocinar o hacer una ensalada. En cambio, Miguel era el hijo mayor en una familia grande y cariñosa, de clase media en Bilbao.  Sus padres y hermanos lo adoraban.  Despuntaba como jugador de fútbol y cantaba de solista en el coro de la iglesia.  Aunque no asistió a la Universidad, Miguel era lector ávido que a menudo hablaba de Pío Baroja, Miguel de Unamuno, Antonio Machado y Miguel de Cervantes entre otros escritores españoles.  En parte, como un reflejo de la diferencia en su niñez, Magdalena era práctica y briosa y Miguel era idealista y tranquilo.  Magdalena nunca dejó de maravillarse del atractivo físico de su marido y lo hacía notar aun cuando estaba viejo y enfermo.  Y es que Miguel era sumamente guapo, con voz de barítono y trato amistoso, dulce y cortés.  Nunca dio demasiada importancia a su apariencia y de hecho, con frecuencia desviaba la atención que se le daba por ello.

Miguel y Magdalena se escribieron mucho durante el año de separación, cuando Magdalena vivía en Nueva York con Kuki y trataba de conseguirle documentos para que regresara legalmente a Estados Unidos.

Fueron una pareja que hablaba profunda y largamente. Hasta el día de la muerte de Miguel, se les veía por las calles de Santa Bárbara, cogidos de la mano, paseando con las cabezas unidas en conversación.  

Los Últimos Diez Años

Alrededor de 1978, el antiguo jefe y amigo de Magdalena, Hallock Hoffman, la contrató para el trabajo de editora en el Fielding Institute, una organización que otorgaba licenciaturas y doctorados a profesionales que ya trabajaban en el campo del trabajo social y de la psicología. Editaba las tesis que los estudiantes escribían como requisito de los títulos avanzados.  A Magdalena le encantaba el trabajo y le gustaba trabajar en casa y manejar su propio horario. Los Marina podían vivir cómodamente de nuevo sin problemas económicos. Miguel, con renovada tranquilidad, se dedicó totalmente a la pintura aunque desalentado con el negocio del arte, se retiró de la vida artística local. Trabajó casi todos los días de la semana, no volvió a contratar a ningún representante de arte ni a galería alguna y no expuso más.  

Los últimos diez años de su vida comprendieron la etapa más provechosa de su faceta de pintor. En una de las últimas páginas de su diario, escribió “trabajando en la soledad más absoluta”. El trece de diciembre de 1989, una semana antes de que Kuki y su familia familia viajaran a Santa Bárbara por Navidad, Miguel Marina murió mientras dormía.